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Coria: la capital de mis recuerdos

jueves, 24 de enero del 2008 a las 13:27
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Eran aún tiempos de sueños sin sobresaltos y juegos infantiles, ese tiempo de ausencia de problemas del que gozamos en nuestra más tierna infancia. Vivía en una pequeña ciudad, o mejor dicho, en un pequeño barrio, porque todavía no conocía el resto. Pero pasaron los años y un día descubrí que había más. Que esa ciudad se esparcía enorme, caótica y sin sentido. Qué detrás de cada casa, surgían las piedras de la siguiente. Que detrás de una plaza, se atisbaba la sombra de una farola. Sin duda resultaba más grande de lo que nunca habría llegado a pensar. Llegó entonces ese día en el que una mano se aferró a la mía, era la mano de un guía. Ese día conocí Coria.

 

Nada más dejar atrás muchos centímetros de la zona nueva -donde yo vivía- una gran pared de sillares regulares nos impidió seguir adelante, habíamos llegado a la parte antigua, a la zona amurallada, al comienzo de esta historia y al descubrimiento de la Historia de mi propio pueblo. La mano guía me explicó que estos eran los límites de la antigua ciudad romana de Medina Cauria y que estas murallas llevaban resguardando de mil batallas a los caurienses desde el siglo III, desde el Bajo Imperio Romano. -Eso debía de ser mucho tiempo -pensé-.

Entonces seguimos recorriendo la muralla con la sensación de buscar escapatoria, a pesar de que los que estábamos fuera éramos nosotros. Pronto llegamos a una enorme puerta. Hoy ya no es tan grande pero entonces me pareció abierta para gigantes, monstruos y otros seres descomunales. Me explicó que esta era una de las cuatro puertas de la ciudad, que la parte antigua sólo tenía estos cuatro accesos, y por lo tanto, sólo estas cuatro salidas. -Esta es la puerta de la Cava -me dijo-. Y entramos. Nos recibió una plaza, una enorme plaza, y la mano me pidió que levantara la vista hacia el Norte. Entonces quedé pasmado de la impresión. Una torre enorme se levantaba ante nosotros. La muralla la había tenido escondida, y ahora nos la mostraba orgullosa. Era la torre del homenaje del castillo de los Duques de alba, del s. XV, de estilo gótico y belleza insuperable. Quedé pasmado. Y continuamos atravesando la plaza de la Cava. Yo fui tropezando con el empedrado que yacía a mis pies porque no hacía más que girarme a cada momento para retener en mis recuerdos la imagen de ese castillo. Gracias a mi persistencia hoy todavía lo recuerdo.

Continuamos por la Calle de los Paños, y zigzagueamos por callejones que aún a mí me sorprendieron por su estrechez. En este laberíntico paseo el guía me descubrió una coqueta judería, un edificio plagado de rejas. -Esta es la Cárcel Real de Coria, hoy es un museo de la ciudad, pero antaño encerraban aquí a los malos- me explicó la mano-. -Pobres malos -pensé-. Justo enfrente había un edificio larguísimo que ocupaba toda la calle, este es, según me explicó mi guía, el Convento Madre de Dios. Si me sorprendió la fachada, más lo hizo el que entráramos. Todo estaba muy oscuro, terroríficamente oscuro. Entonces una voz dulce cargada de eco nos recibió. -Ave María Purísima- nos dijo-. La voz misteriosa salía de una enorme ventana cerrada, tras una celosía de madera. No salía de mi asombro. -Son monjas que viven en clausura, Pablo -eso me tranquilizó, aunque hoy todavía no consigo entenderlo-. La mano le dio unas monedas, la celosía giró, y la mano de la voz misteriosa nos acercó una bolsa de papel con algo pesado y caliente dentro. Un aroma de ensueño, que desde entonces llevo guardado en mi galería propia de olores, invadió toda la estancia. Entonces salimos.

Eran unos dulces exquisitos, de harina, huevo y almendra, elaborados con todo el cariño y de manera artesanal. Acabamos casi con el paquete mientras continuamos la marcha. Volvimos a las callejuelas estrechas. Recuerdo que eran tan estrechas que mi guía era capaz de, situándose en el centro, rozar con la punta de los dedos de las dos manos las dos paredes. Y,  claro, entonces descubrí que la mano tenía otra mano. Despistado por el descubrimiento no me di cuenta que habíamos parado. ¿Por qué habíamos parado? Pronto lo descubrí. A pesar de que el sol me cegaba, levanté la vista y, quedé tan petrificado como los sillares que la conformaban. Era majestuosa, enorme -mucho más que la puerta de entrada a la parte antigua-, colosal. No conseguía abarcarla de un solo vistazo. Tenía que girarme para disfrutarla de manera completa. -¿Es un iglesia enorme? -Le dije a la mano-. -No Pablo, es la Catedral de Coria- me aclaró-. Ante mis ojos tenía una enorme construcción que comenzó a construirse en el siglo XV, y que no se terminó hasta el s. XVIII. Era, según me explicó la mano, una Catedral gótico-plateresca, con una enorme fachada habitada por cientos de seres tallados, y un campanario en lo alto plagado de enorme campanas. El edificio se extendía por toda la explanada, parecía no tener fin. La recorrimos de lado a lado manteniendo la distancia para poder contemplar el conjunto en su totalidad hasta que llegamos a un enorme mirador, y detrás de ese mirador de piedra, un paisaje alucinante.

Desde allí mis ojos abarcaron unas dimensiones que nunca habían abarcado. Un enorme río rodeado de una enorme extensión de terreno verde. Y lejos del río, solitario, se encontraba un puente de piedra. -Este es el puente medieval- me informó mi guía-. Pero, ¿Cómo puede ser un puente si por debajo no pasa el río? -le pregunté extrañado-. Entonces me contó una historia realmente encantadora. -Este puente se construyó en el s. XVI, y un siglo después, un tremendo terremoto con epicentro en Portugal, llegó hasta aquí, entonces desvió el cauce del río hasta donde hoy se encuentra, a unos 300 metros -y continuó-, por eso a los corianos nos llaman "Corianos bobos", porque durante muchos años tuvimos un puente sin río, y un río sin puente-. La historia me pareció realmente alucinante, y hoy, después de tantos años, me lo sigue pareciendo.

Quedé tan absorto con esta historia que no me di cuenta que la mano me había soltado. Quedé libre para disfrutar de aquel paisaje. Después de unos minutos desperté de mi fantástico letargo, me giré, y la mano ya no estaba. De repente me quedé solo ante aquella inmensidad. La mano y su otra mano habían desaparecido. En un principio sentí miedo, pero no me quedo otra que deshacer el camino andado y volver a casa. Nunca le conté esto a mis padres, porque nunca se lo hubieran creído. Lo que si hice fue volver años después para comprobar que aquello no había sido un sueño. Y allí seguía todo, un poco más pequeño, pero estaba todo. Entonces me sentí orgulloso de ser coriano bobo.

 

 

FIN

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Bahía de los pájaros poetas y los hombres con alas. Por Abel Grijalva.

miércoles, 23 de enero del 2008 a las 09:09
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 Este relato fue escrito por mi colega mejicano Abel Grijalva para la web de viajeros.com. , bajo el seudónimo de Freemind.

 

 

"Ándele, coma un poquito de pescado, nosotros seremos pobres pero aquí siempre hay comida para el que venga"

La Bahía de Navachiste, misma que pertenece a una cadena de esteros que se extiende desde Nayarit, pasa por Sinaloa y llega hasta Sonora, posee una riqueza natural digna de ser admirada por nacionales y extranjeros. Si te gusta el ecoturismo te invito a conocer un lugar donde los pájaros te susurran al oído y los manglares te arrullan con cantos de libertad y esperanza.

Cada año por las fechas de Semana Santa mis amigos y yo decidimos alejarnos del tumulto de las playas  afamadas para internarnos en la bahía de Navachiste, ubicada en el municipio de Guasave, Sinaloa, a tan solo unos kilómetros en lancha de Playa las Glorias y unos minutos del Aeropuerto Internacional del Valle del Fuerte en Los Mochis, Sinaloa. Esta bahía esta conformada por una serie de islas que los lugareños aprovechan para pasar buenos ratos familiares, hospedándose en el mejor hotel que la naturaleza halla podido pensar: mar, arena, montañas y vegetación. Esto amenizado además por el canto de los pelicanos y cientos de aves que sobrevuelan las olas de Navachiste.

De todo el paisaje de la bahía, el elemento que a todas luces resulta más atractivo es un islote llamado Cerrito Blanco. Éste se encuentra más bien en el centro de la bahía, en medio de una docena de islas. Pero algo que seguramente te sorprenderá: es la Isla de los pájaros con decenas de especies adornando el lugar.

EVENTO INTERNACIONAL DE NAVACHISTE

Este año mis amigos y yo nos fuimos en automóvil hasta el poblado El Cerro Cabezón, una comunidad netamente pesquera, donde parqueamos el carro en una casa de amables pescadores que se ofrecieron a cuidarlo, y no crean que fue exceso de confianza de nuestra parte, ya que la gente del poblado es bastante amable, servicial y sobre todo honesta.

Claro que debe haber sus excepciones pero como cada semana santa un grupo de artistas convocan el Concurso Internacional de Poesía, toda la gente del lugar esta dispuesta a llevarte al pedazo de tierra que ellos llaman: LA ISLA DE LOS POETAS. Y debe su nombre precisamente porque desde hace unos años, poetas de diferentes lugares del mundo llegan a mostrar sus creaciones, además de pintores, escultores, cantantes o cualquier persona que este interesada en pasar unos días agradables y bohemios a la orilla del mar, sin más comodidades que las que la naturaleza nos brinda.

El evento es magnifico, nada de poses y  sofisticación, todo es rustico y al aire libre. Debes de llevar tu casa de campaña y alimentos para los días que pienses quedarte, aunque los organizadores cada año lanzan un carnet por una módica cantidad en la que te proveen de los alimentos necesarios para sobrevivir, pero eso es maravilloso porque las señoras de los poblados vecinos van y preparan las comidas en comales, atizan con leña; tortillas a mano, frijoles en agua y sal, arroz  y pescado frito, son los platillos de cada día.

ISLA DE LOS POÉTAS

En la isla de los poetas que se encuentra en la Bahía de Navachiste, llegamos principalmente jóvenes bohemios y románticos que gustamos de una buena fogata para charlar, escuchar música clásica, trova o folclórica tirados en la arena observando las estrellas, o ser parte de alguna de las conferencias y platicas que año con año se llevan acabo en el festival Internacional de Navachiste, tales como: yoga, poesía, cuento, pintura, danza, teatro, medicina alternativa y tantas cosas como no puedes imaginar.

Es un evento que si lo sabes aprovechar en verdad lo disfrutaras pero sobre todo te alejaras por un momento de todos los males de la ciudad y los problemas del trabajo o escuela. Es alucinante sentirte por un momento aislado del mundo, viviendo como primitivo en muchos sentidos, acampando, observando la luna tirado en la arena.

Mis amigos y yo estuvimos solamente una noche y dos días, pero fue suficiente para saber que año con año debemos volver. Olvidaba decirte que el traslado tiene que ser obligadamente en panga, yo te recomiendo que salgas de donde nosotros: de Cerro Cabezón, se hace aproximadamente 10 minutos, pero debes esperar a que halla una lancha con gente para subirte porque de esta manera te cobraran alrededor de $50 pesos por persona, ya que si hacen un viaje exclusivo para ti el costo debe de sobrepasar los $400 pesos (40 USD).

De venida es el mismo costo, pero si tú pagaste el carnet de los organizadores pues ya los tienes resuelto, nosotros no lo compramos porque era poco el tiempo que estaríamos, pero si te quedas toda la semana al evento te saldrá muy bien.


LA INOLVIDABLE DOÑA TOÑA

Cuando ya decidimos regresar, una amable señora con su familia se ofreció a llevarnos en su lancha. Fue una experiencia inolvidable, porque la gente de esos lugares es sumamente servicial, con decirles que nos trataron como celebridades, nos dieron un paseo por casi toda la bahía, se pararon a que una amiga recogiera ostiones y nos llevaron a otra isla donde nos compartieron de la comida que ellos llevaban.

Recuerdo esos sagrados alimentos y me vuelve el apetito, ya que eran productos pescados por ellos, atún, ostiones, etc. Todo riquísimo, recuerdo que mis amigos y yo teníamos pena en comer porque no habíamos entablado más de 3 diálogos con ellos, pero pronto la vergüenza se nos quito porque ellos nos decían: "ándele, sin pena agarre mas pescado, aquí seremos pobres pero comida siempre hay para nuestros amigos"

Jamás olvidare esa anécdota, recuerdo que después de comer y estar un rato en esa isla que no recuerdo el nombre, nos llevaron en su panga a otro lugar llamado la pata del nono para que conociéramos a toda su familia que acampaba allí.Allá nos trataron como si nos conocieran de toda la vida, nos platicaron sus vidas y nos ofrecieron más comida, hasta de los problemas que había entre primos nos toco enterarnos. Después de un rato nos llevaron al puerto pesquero por el carro en el que habíamos llegado, pero no paro allí, porque Doña Toña nos invito a su casa y se puso a nuestras ordenes, y además nos regalo un frasco con patas de mula. (Se las llevo mi amigo, porque ni a mi amiga ni a mi nos gustan).

Realmente la experiencia Navachiste es una experiencia que no solo se debe vivir en Semana Santa, sino cuando se te antoje distraerte de la ciudad y olvidarte del mundo urbanizado.

Cercedilla: el pueblo de los siete picos

martes, 22 de enero del 2008 a las 19:31
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En inmensas ocasiones la belleza está escondida en nuestra propia vida. En un rincón que nos observa cada día. De ahí este viaje. Un paraíso para el que no hemos necesitado volar, ni miles de kilómetros, ni monedas acuñadas en plata. Tan sólo un poco de curiosidad. Este relato va dedicado a todos los que visitáis Madrid y no conocéis el Madrid más escondido. Preparad vuestras cámaras de fotos, poneos las botas de travesía, agarraos a la brújula... Nos acercamos a Cercedilla, a su montaña de los Siete Picos, al precioso Valle de la Fuenfría.

 

Amanecía en Madrid y ese cosquilleo en el estómago de una mañana de domingo nos pedía algo. Quizás una pequeña aventura. Agarramos el coche sin rumbo fijo hacia la Sierra Oeste de la capital de España. Apenas en cuarenta minutos algo nos dijo que debíamos parar: cientos de montañeros, senderistas, excursiones, niños revoloteando... un paisaje estremecedor. Preparamos nuestra Camelback, un calzado de campo, unos prismáticos y nuestra ya inseparable cámara de fotos. Por delante un paisaje soleado, un recuerdo, siete picos y un mapa plagado de fuentes naturales, verdes praderas y sendas caprichosas. Comenzamos.

 

Decidimos antes de mover los pies realizar una ruta trazada sobre el mapa, y como en los mejores viajes, no cumplimos nuestras propias premisas, nos dejamos llevar por los sentidos, esos que casi nunca se equivocan, y si lo hacen, no se equivocan casi nunca.  Comenzamos a andar, o mejor a ascender a través de la calzada romana que lleva a Santiago de Compostela -estamos a unos 600 kilómetros de la ciudad de los peregrinos. Este camino lo dejamos para otro día-, para luego desviarnos por un sendero pedregoso bajo el nombre de Camino Schmid. Una subida dura, muy dura. En apenas un kilómetro nos enfrentamos a un desnivel de unos 500 metros. Llegamos con el corazón en la mano, las piernas del color de la piedra, la nariz helada, pero con la ilusión del premio que estaba por llegar. Si hay algo impresionante en una ascensión es parar en su cima, respirar hondo y girarse a contemplar orgullosos el camino que hemos dejado atrás, recorrer nuestras propias huellas y sonreir, siempre sonreir. A partir de aquí todo fueron fotos y más fotos. La bienvenida nos la dieron miles de pinos haciendo reverencia, acebos, encinas, castaños y un sinfín de rocas que posaban coquetas a nuestro paso. Las fuentes y manantiales nos invitaron a un formidable día de cata... Una vez arriba recorrimos las bases de sus siete picos. En total, unos quince kilómetros de ruta entre caminos, veredas, senderos y placas de hielo. Miradores extraordinarios y frases talladas en la piedra para aderezar con un poco de fantasía nuestras miradas. Cerca de la pradera de Fuenfría un singular reloj de piedra -éste fue construido en homenaje a Francisco José Cela, premio Nobel de literatura- nos devolvió a la realidad. El tiempo había pasado y debíamos descender. La oscuridad es caprichosa por estos lares. Cuando llegamos abajo volvimos a mirar. Volvimos a recorrer con nuestras miradas la belleza que habíamos rozado con nuestras propias manos. Satisfechos pensamos, esto hay que contarlo, y así lo hacemos...

 

Con este relato va incluida una invitación. Viajeros del mundo, si os acercáis a disfrutar algún día del Madrid urbano, dejad un hueco para estos sueños. Yo os esperaré en el valle, deseoso de mostraros esta ruta. Un saludo a todos desde estas montañas, a las que prometo volver.

Túnez: una aventura de 2.000 kilómetros

martes, 22 de enero del 2008 a las 19:17
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Un mercado atestado de olores, la lengua rugiendo picante en cada comida, un regateo sin fin, una hospitalidad envidiable, muchos kilómetros de piernas y giros de  volantes. Un puñado de buenos colegas. Un viaje de lo más excitante por tierras tunecinas.

Desde Madrid-Barajas volamos hasta el aeropuerto de Túnez-Cartago. En el avión ya aprendimos de nuestro compañero de asiento, un señor tunecino afincado en Madrid, que la hospitalidad del país norteafricano comienza nada más plantar tu trasero en el asiento del avión de ida. Fue soltarnos los cinturones y, cuando ya el avión dibujaba su ruta rumbo al mediterráneo, comida a destajo para todos, y gratis. Que tomen nota los sacadineros de otras compañías. La cosa empezaba bien. Nada más llegar conocimos a nuestros futuros compañeros de andanzas en este viaje, Carmen y José, de Valencia. Todos teníamos claro una cosa, queríamos conocer lo máximo posible de Túnez. También lo que no aparece en la guías.

Teníamos cinco días completos por delante y decidimos sentarnos para planificar el viaje. Dos días los dejamos para realizar la excursión organizada al desierto. Para los demás, optamos por el coche de alquiler. En coche visitamos la capital tunecina, la ciudad santa de Kairouán, y recorrimos durante horas el Cabo Bon. En total, 2.000 kilómetros entre carreteras y carreteras que querían ser carreteras.

Visita a la capital  (120 Km. Ida y vuelta)

Partimos hacia el mediodía, el tiempo se nos había echado encima por culpa de los trámites en el rent a car. El camino fue fácil, todo autovía hasta la capital tunecina. Una vez allí, lo más fácil es dejar el coche en los alrededores de la estación de bus de Tunis Marine, al este de la ciudad. Para no perderos podéis guiaros por la Torre del reloj -se construyó para conmemorar el día de la independencia del país, el 7 de noviembre. Un monumento horrible, por cierto- Es una locura intentar llegar al centro de la ciudad. Prácticamente todo es "zona azul". Si queréis conocer todos y cada uno de los recovecos de la Medina- clasificada como Patrimonio Mundial por la UNESCO- seguramente necesitaríais una semana. A nosotros nos llevó un par de horas recorrer unos 800 metros. Hubo momentos en los que la multitud apiñada nos llevaba en volandas. Y lo mejor, con un par de empujones y levantando sobre la marcha un par de puestos, pueden hasta circular los coches. Una locura agradable. Consejo para las chicas: ir al baño antes de entrar en la medina; a partir de aquí las teterías típicas, repletas de tunecinos fumando shishas, os negarán la entrada aunque les supliquéis. Cosas de la cultura tunecina. Desgraciadamente no tuvimos tiempo para más, pero mereció la pena.

Kairouán y un gran descubrimiento: Mahdia  (360 km. de recorrido)

Segundo día de excursión. A las seis en planta. Por delante, la visita a Kairouán (118.000 habitantes). Esta ciudad es obligatoria si de verdad queréis empaparos de la pureza cultural de este país. Nada más llegar nos dirigimos hacía la entrada de la Medina. Es fácil aparcar justo un par de calles antes de llegar a la entrada, en la Rue Oum el-Mouminin Aïcha. A la entrada de la calle hay una tienda de alfombras, su dueño es el tío más pesado de la historia. Os querrá llevar a conocer la ciudad. Aunque le digáis que no, es posible que lo tengáis encima todo el día. Lo más acertado, lo tuvimos que hacer aunque resulte desagradable decirlo, es ignorarle. Si os quiere meter por una calle, dirigiros por la otra. Acabará desesperándose. Si no, os perderéis lo mejor de la ciudad. Lo más destacado de Kairouán son: su Gran Mezquita, la cuarta del mundo musulmán después de Medina, Meca y Jerusalem, su Zoco -impresionante- y las callejuelas plagadas de artesanos -cada una de estas calles está ocupada por un gremio diferente. No dudéis en preguntar en cada taller, estarán encantados de enseñaros cómo trabajan. Lo peor, comer. Estuvimos un buen rato buscando y no encontramos nada. En el zoco, cerca de la Place des Martyrs, hay un artesano orfebre muy simpático que os podrá realizar en directo y con los ojos cerrados su trabajo sobre un plato de cobre. Lo curioso es que el tío es del Real Madrid y habla perfectamente español. Pa' morirte, vamos. Si queréis realizar algunas compras este lugar es perfecto. Al pasar entre los puestos de venta no os sorprendáis al escuchar frases de otra parte como "Salut, y força al canut" y otras lindezas. Son geniales. Y si pasáis sin comprar nada, os llamarán catalanes. No saben na' los tunecinos. Después de esta grata visita decidimos emprender camino hacia Sousse (173.000 hab.). Antes, nuevamente necesitábamos un baño femenino. Ni a palos oye. Sonia ya estaba con las piernas cruzadas. Entonces entré en una tienda y pedí por favor un baño mientras señalaba la cara de desesperación de Sonia. Acabé sentado en el hall de una casa cercana, rodeado de amas de casa tunecinas, muy simpáticas, que nos ofrecieron quedarnos a comer cous-cous como unas dieciocho veces mientras esperaba a que Sonia saliera del baño. Para hospitalarios, esta gente. Lo primero que preguntamos todos cuando volvimos al coche fue cómo era el baño. Según Sonia, genial, aunque una jarra de agua hacía las veces de cisterna, y una manguera sustituía el papel higiénico.

Emprendimos la marcha. Paramos de camino a comer en un bar de carretera, después de 20 km. de carretera. Cordero a la brasa con patatas y ensalada. Muy barato, 15 dinares -8 euros-, los cuatro. Genial. Durante el camino, y con la Lonely Planet en la mano, decidimos saltarnos Sousse. Según la guía, y a la vuelta pudimos comprobarlo, esta ciudad es un gran centro financiero, de grandes edificios y universidades. Poca cosa. Entonces nos aventuramos a acercarnos a Mahdia (46.000 hab.). La guía -Lonely Planet-, no entendemos por qué, le dedica pocas líneas. Aún así nos dejamos seducir por la idea de que el atardecer en el puerto sería espectacular. Y allí nos dirigimos. El viaje fue pesado, aunque mereció la pena. Antes de llegar a la ciudad de Sousse, nos dirigimos hacia el sur a través de la autopista que lleva a El-Jem. En Kelker, giramos hacia la izquierda, por una carretera estrecha y con mucho tráfico. Por aquí llegamos directamente a Mahdia. Al llegar, la primera impresión fue desastrosa porque los edificios no te dejan ver nada. Preguntamos a un policía por el puerto, y allí fuimos. Llegamos a un pequeño paseo marítimo en el norte de la ciudad. Nos encantó el recorrido. Fuimos bordeando la costa hacia el sur y llegó la sorpresa. De repente, y como salidas del mar, miles de cajas blancas se esparcían desde la misma orilla, escalando por una enorme colina verde. El espectáculo era precioso. Todas las cajas aparecían ordenadas, unas junto a otras, sin dejar ni medio metro libre entre ellas. Tan sólo conseguían romper el ritmo las rocas emergidas entre la hierba. Al acercarnos un poco más descubrimos que todas estaban orientadas hacia la misma dirección, entonces caímos en la cuenta. Se trataba de un cementerio con todas sus tumbas orientadas a la meca, situado en la misma orilla del mar, sin muros, y acompañadas por decenas de niños que jugaban corriendo con los corderos entre ellas. Un espectáculo, sin duda, impactante. Cerramos la tarde tomando un té con piñones en una cafetería cercana y vuelta a Hammamet. No os olvidéis de estas dos ciudades, merecen la pena. Mañana podréis leer la segunda parte de este viaje: excursión al Sáhara y el Cabo Bon.

Ninguno de los cuatro -José, Carmen, Sonia, y un servidor- somos muy amigos de las excursiones organizadas, pero cuando tienes poco tiempo y un país como Túnez por delante, ésta se planteaba como la solución más acertada y rápida para hacer una visita al desierto. Los kilómetros por delante eran muchos, 1.300 aproximadamente, así que partimos en bus a las 5.30 de la mañana. Salimos desde Hammamet destino al sur. La primera parada, El Jem.

El Jem (18.300 hab.)

Esta pequeña ciudad, antiguamente llamada Thysdrus por los romanos, fue construida en el s. I d.C.  Lo más destacado, su Coliseum. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y es considerado el tercero más importante del mundo romano en cuánto a su tamaño, albergando en su época de esplendor a 30.000 personas. Como podéis apreciar en las fotografías este coliseo es espectacular.

Es recomendable visitarlo a primera hora de la mañana o a última de la tarde, cuando el sol golpea sus paredes y las deja doradas. Tendréis total libertad para bajar a las galerías, subiros hasta lo alto del tercer anfiteatro... Desde aquí tenéis una imagen espectacular de la ciudad y sus alrededores.

Durante este camino hacia el sur el paisaje de Túnez se resumía en olivos, olivos y más olivos. Según el guía, casi la totalidad del aceite extraído de estos olivares tenía un solo comprador; para nuestra sorpresa, España. El camino fue un poco aburrido hasta la siguiente parada en un café de carretera. Un té, muy rico por cierto, y vuelta al bus. Destino: Matmata. Estábamos ansiosos de llegar a este pueblo, situado a unos 430 km. de Túnez capital.

Matmata (1.000 hab.)

Es el pueblo de las casas trogloditas -viviendas construidas bajo tierra-, y es realmente alucinante. Tuvimos la suerte de visitar una de esas casas y quedamos impresionados con la forma de vida tan sencilla de estas familias. En esta zona se comienza a palpar la pobreza de sus gentes, nada tiene que ver con el norte del país. Nada más entrar en la vivienda, un patio descubierto hace las veces de "hall". Aquí es donde hacen el fuego y muelen el grano los lugareños para fabricar el pan. Desde este patio parten varios pasillos que nos llevan a las distintas estancias (dormitorios, cocina, etc.). Vale la pena.

Camino a Douz

Apenas disfrutamos de Douz porque el día se nos echaba encima y teníamos por delante una de las actividades más gratificantes de este viaje a Túnez: el paseo en camello por la puerta del desierto. No quedaba mucha luz y rápidamente cada uno escogió el camello en el que iba a subir, y partimos. Paseamos durante una hora y media mientras disfrutábamos de la caída del sol. Sin entender cómo, desde detrás de las dunas aparecían decenas de jóvenes con bebidas. De primeras intentar engañarte diciendo que están incluídas en el paseo, pero no es así. Una vez que abres la botella te piden el dinero. El paseo no es largo y a esas horas del día, el sol, lejos de pegar, se esconde y deja tras de sí el verdadero frío tunecino. En tan sólo unos minutos la temperatura cayó vertiginosamente. Así que ya sabéis, un poco de abrigo para el final del paseo. Convencimos a nuestro guía para parar y disfrutar haciendo fotos del atardecer. Fue uno de los momentos más emotivos de todo el viaje. Llegamos al punto de encuentro muy rezagados -eso estuvo bien-, cuando ya era de noche y con las manos y los pies helados, pero valió la pena.

Chott El-Jerid (5.000m2) y Tamerza (muy pequeñín)

Por la mañana, y tras dormir en Kebili, tocaba madrugar: a las 4.45 en pie. Qué locura. Pero tiene su explicación. Tocaba visitar los lagos salados en 4x4, y la verdad es que merece la pena disfrutarlos al amanecer. Estos lagos -Chott el-Jerid, Chott el-Fejej y Chott el-Gharsa- en realidad son extensiones de tierra con un ligero polvo blanquecino por encima -la sal- pero están más secos que los pimientos choriceros. Aquí rodaron la imagen de Skywalker en la primera peli de la Guerra de la Galaxias en la que aparecen dos lunas. Por cierto, abrigaros bien. Nada menos que tres grados bajo cero. Tela marinera. Y del desierto más absoluto, de repente, un oasis, Tamerza. Precioso lugar, muy pequeñito, plagado de palmeras, cuatro tiendas de souvenirs y una ruta preciosa de apenas un kilómetro para disfrutar de sus aguas termales. Había avanzado la mañana y en Tamerza estábamos a 0 grados -ni frío ni calor-. Si encontráis tantas casas abandonadas por aquí es porque en el año 69 una riada arrasó todo. Merece la pena subir hasta el pico cercano para disfrutar de las vistas del oasis desde arriba.

Tourzeur (35.500 hab.)

Nos dio mucha pena no disfrutar mucho tiempo de esta ciudad, muy bulliciosa por cierto. Tiene una arquitectura muy particular. Nos quedamos encantados con las casas realizadas en ladrillo visto, con muchas filigranas  en las fachadas. Pero lo importante estaba al final, en el conocido palmeral -segundo más grande del país con cerca de 10km2 y más de 200.000 palmeras-. Aquí dimos un paseo de una media hora montados en calesas -especie de carruajes , tirados por caballos, que se caen a trozos- y recibimos una charla donde además nos mostraban cómo debe subirse a las palmeras -nosotros no lo hicimos, claro-. Es el sitio ideal para comprar dátiles "dedo de luz", los mejores según cuentan. Terminamos esta visita, y con ella, nuestro recorrido por el sur de Túnez. Por delante nos quedaban muchos kilómetros hasta regresar a Hammamet, pero había merecido la pena. Si no vas al sur no estás conociendo realmente el país.

Cabo Bon

Era nuestro último día completo en Túnez y decidimos volver al coche. Para esta excursión se unieron dos nuevos colegas, una pareja de Madrid que llegaron a Túnez días después que nosotros, Manuel y Vanesa. Encantadores. Tempranito alquilamos dos cohes  y puesta en marcha. Por delante, el Cabo Bon. Este cabo tiene mucho que ver pero también tener en cuenta que son bastantes kilómetros. Aún así hicimos una selección de lugares y comenzamos la marcha. Nada más salir la primera ciudad que nos encontramos fue Nabeul (57.400 hab.). Es un lugar muy comercial, donde los viernes hay un mercado, por lo visto, excepcional; donde venden de todo, incluso camellos. No paramos porque era jueves y las tiendas estaban cerradas porque era día de fiesta nacional -Said el-Kebir o día del cordero-. Seguimos la marcha hasta la siguiente cita, los flamencos de la Laguna de Korba. Lástima que no disponíamos de un buen objetivo en nuestras cámaras fotográficas. Desde una pasarela de madera -se ve desde la misma carretera- se puede disfrutar de una buena bandada de flamencos si disponéis de unos prismáticos. Seguimos rumbo hacia el siguiente punto en nuestra agenda: Kelibia (36.000 hab.). Este es un pueblo tunecino 100%, nada de turismo, aunque puede presumir de sus playas. Nosotros optamos por visitar el Fuerte. Desde dentro puedes disfrutar de unas hermosas vistas. Prácticamente, y con un día claro, se puede ver casi todo el cabo. Incluso a simple vista se puede ver la isla de Sicilia. De aquí continuamos nuestro camino hacia la joya de cabo Bon: Korbous -el pueblo de los manantiales-. Un consejo: llevar algo de comer para el camino y paciencia con la carretera, muchos kilómetros y muchas curvas. Esta zona no dispone de muchos establecimientos. Después de un par de horas llegamos a nuestro destino. Un sitio precioso, escarpado y plagado de acantilados y de donde brota el agua a elevadas temperaturas. Después de tomarnos unos bocatas en un restaurante situado justo encima de la primera fuente termal -suelta sus aguas ardiendo al mar y puedes meter los pies- nos dirigimos hacia el pueblo para disfrutar de una sesión de Talasoterapia. Genial, simplemente genial. Por 16 dinares -9 euros- cada uno ocupamos una cabina donde, primero, te das un baño de 20 minutos. Después un masajista te aplica un par de brebajes, uno de algas en la espalda, y otro en la cara, y esperas relajado otros 15 minutos. Después una ducha y... el masaje. Tremendo. Un tipo se pega contigo 20 minutos masajeándote todo el cuerpo. Sales de allí como nuevo. Después de este masaje lo mejor es irte al hotel y descansar. Y eso fue lo que hicimos.

 

 

 

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